En Villa Primavera, Rafaela Gaspar y su familia mantienen viva una costumbre ancestral que reúne ofrendas, panes artesanales, comidas tradicionales y oraciones para recordar a los seres queridos. Este año, la celebración tiene un significado especial por la ausencia de Severo Báez, referente de la cultura popular salteña.

Una mesa para recordar a quienes ya no están
Cada noviembre, las familias que conservan la tradición del Día de las Almas preparan un espacio especial para homenajear a sus seres queridos fallecidos. En Salta, esta costumbre se expresa a través de mesas de ofrendas, alimentos, velas y oraciones que reúnen la memoria familiar con creencias transmitidas de generación en generación.
En Villa Primavera, la Casa de Severo Báez vuelve a ser uno de los espacios donde esta práctica conserva su fuerza comunitaria. Allí, Rafaela Gaspar, junto con familiares y colaboradores, sostiene una celebración que no se limita a recordar a los difuntos: también busca preservar una parte fundamental de la identidad cultural del norte argentino.
La preparación de las ofrendas requiere varios días de trabajo. Los panes se elaboran artesanalmente, se amasan a mano y se cocinan en horno de barro. Cada figura y cada alimento forman parte de una mesa que se prepara con dedicación, respeto y un profundo significado espiritual.
¿Qué representan las ofrendas del Día de las Almas?
Las ofrendas son uno de los elementos centrales de esta tradición. En ellas se colocan alimentos y bebidas que disfrutaban en vida las personas recordadas, además de productos dulces, frutas, preparaciones caseras y panes con distintas formas.
Las escaleras de pan simbolizan el camino de las almas, mientras que las cruces están vinculadas con la oración y la fe. También se elaboran figuras humanas y animales que forman parte de la representación simbólica de la vida cotidiana.
La mesa se convierte así en un lugar de encuentro entre el recuerdo, las creencias familiares y la comunidad. Para quienes participan de esta práctica, preparar las ofrendas es una forma de mantener presente a quienes partieron y de transmitir su memoria a los más jóvenes.
Las costumbres pueden variar entre familias y comunidades, pero comparten una idea central: honrar a los difuntos mediante la oración, el recuerdo y el acto de compartir.
El trabajo artesanal detrás de cada preparación
La celebración comienza mucho antes del 1 y 2 de noviembre. Durante los días previos, familiares y colaboradores participan en la elaboración de panes, comidas y otras preparaciones que luego se colocan sobre la mesa.
El trabajo conserva técnicas tradicionales, como el amasado manual y la cocción con leña en horno de barro. No se trata únicamente de preparar alimentos, sino de sostener saberes que forman parte de la vida de las comunidades vallistas y puneñas.
Entre los sabores tradicionales también aparecen comidas regionales y preparaciones dulces que evocan la alimentación de las familias del interior salteño. Los ingredientes, las recetas y las formas de cocinar se convierten en una parte esencial de una costumbre que sigue transmitiéndose mediante la práctica cotidiana.
En esta celebración, el conocimiento no se conserva solamente en los relatos. Se mantiene vivo en las manos que amasan, en las personas que enseñan a preparar cada figura y en quienes vuelven a reunirse año tras año para organizar las ofrendas.
Rezos, recuerdos y solidaridad con la comunidad
El Día de las Almas también está marcado por los momentos de oración. El rosario permite recordar a los seres queridos y rezar por las almas que no tienen familiares que las nombren o las acompañen.
La tradición incluye, además, las visitas a los cementerios, donde las familias rinden homenaje a sus difuntos. En la Casa de Severo Báez, la celebración se vincula con el encuentro comunitario y el reparto de las preparaciones entre vecinos y personas que se acercan a participar.
Compartir los alimentos es una parte importante del ritual. La mesa no representa solamente una ofrenda simbólica: también se convierte en una oportunidad para acompañarse, conversar, recordar historias y fortalecer los vínculos entre quienes conservan estas costumbres.
De esta manera, una celebración relacionada con la muerte también expresa solidaridad, pertenencia y continuidad cultural.
La ausencia de Severo Báez y un legado que continúa
La celebración de 2026 tiene un significado particular para la familia. Severo Báez, referente de la cultura popular salteña y figura central de este espacio, falleció en enero de este año.
Su nombre está ligado a décadas de trabajo en la preservación de las coplas, las bagualas, el canto con caja y las tradiciones de las comunidades vallistas y puneñas. Junto con Rafaela Gaspar y su familia, la casa se convirtió en un lugar de encuentro para quienes llegaron a la ciudad desde distintos puntos del interior provincial.
En agosto de 2026, el espacio recibió el reconocimiento como Lugar de Memoria del Patrimonio Cultural Inmaterial, una distinción que destaca su aporte a la conservación y transmisión de saberes y expresiones culturales.
La continuidad del Día de las Almas adquiere, en este contexto, un valor especial. La tradición permanece en los preparativos, en las ofrendas y en el compromiso de las personas que mantienen abierta la casa a la comunidad.
La ausencia de uno de sus principales referentes no borra la historia construida durante décadas. Por el contrario, pone de relieve la importancia de transmitir las costumbres y sostener los espacios donde una cultura se practica, se comparte y se renueva.
Una tradición salteña que pasa de generación en generación
El Día de las Almas es una de las expresiones que permiten comprender la diversidad cultural de Salta. En esta fecha confluyen creencias religiosas, prácticas familiares y costumbres comunitarias que encuentran en las ofrendas una manera de expresar el recuerdo de los seres queridos.
En la Casa de Severo Báez, cada pan, cada alimento y cada oración forman parte de una memoria colectiva. La celebración reúne a personas que comparten una historia, una procedencia o el deseo de mantener vivas las tradiciones que aprendieron de sus mayores.
Más allá de las diferencias entre cada familia, el sentido de la jornada permanece: recordar a quienes ya no están, acompañar a quienes los extrañan y transmitir a las nuevas generaciones una costumbre que forma parte de la identidad de la región.
Porque hay tradiciones que no sobreviven solamente en los libros ni en los recuerdos. Siguen vivas cuando alguien vuelve a preparar la mesa, enciende una vela, pronuncia un nombre y abre las puertas de su casa para compartir con los demás.
En Villa Primavera, el Día de las Almas vuelve a mostrar que la memoria también se construye en comunidad y que el legado de quienes dedicaron su vida a preservar la cultura puede continuar en cada nueva generación.
