
Con esa escenografía, teatralidad y solemnidad que sólo tiene una institución milenaria como la Iglesia católica, mientras las campanas de la Basílica de San Pedro tañían en señal de luto y después de un momento de oración en latín presidido por el cardenal camarlengo, el estadounidense Kevin Farrell, entre coros de la Capilla Sixtina, fue trasladado este miércoles por la mañana el féretro del papa Francisco desde su hogar de Santa Marta, hasta la Basílica de San Pedro.

En una jornada soleada y acompañado por ese tañido de las campanas, detrás de ellos avanzaba el féretro de Francisco. De simple madera y revestido de un paño rojo, fue llevado sobre los hombros por catorce “sediarios” con moño y guantes blancos, escoltados por ocho alabarderos de la Guardia Suiza papal con sus trajes a rayas y catorce penitenciaros con unas estolas roja y antorchas. Detrás, avanzaban los miembros de la familia pontificia y quienes cuidaron al Papa con dedicación absoluta y fidelidad, hasta el final, sus secretarios personales -los sacerdotes argentinos Juan Cruz Villalón y Daniel Pellizón y el italiano Fabio Salerno-, sus enfermeros Massimiliano Strappetti y Andrea Rinaldi y su asistente de cámara Piergiorgio Zanetti.

Entonces el cardenal Farrell aspergió agua bendita e incienso el cuerpo del Papa -vestido con mitra blanca, casulla roja-, algo que dio inicio a una Liturgia de la Palabra, en latín, en la que se rezó “por el difunto Francisco, para que el Príncipe de los pastores, que siempre vive para interceder por nosotros, lo reciba benigno en su reino de luz y paz”.
Además, se oró por “la santa Iglesia de Dios, para que, fiel a su mandato, sea fermento de una renovación en Cristo de la familia humana”. “Por los pueblos de todas las naciones, para que, en el respeto de la justicia, formen una sola familia en la paz y estén unidos por sentimientos fraternos”. Y, finalmente, “por todos nosotros, que estamos aquí reunidos en oración, para que nos reencontremos un día juntos en el reino de los cielos”.

Pasaron a despedirse luego, en fila de a dos, cardenales, obispos, sacerdotes, diáconos y demás eclesiásticos, sediarios, gentilhombres, que iban inclinándose y persignándose ante el féretro del Papa. Entonces, solo una persona no avanzó, sino que se quedó allí parada, a la derecha del ataúd, llorando. Era sor Geneviève Jeanningros, monja de la Congregación de las Hermanitas de Jesús y sobrina de Léonie Duquet, una de las dos religiosas francesas desaparecidas durante la dictadura, que fue víctima de Alfredo Astiz. Sor Jeanningros, de 82 años, con su simple hábito celeste y mochila, que vive desde hace cinco décadas en una casa rodante al lado de un parque de diversiones de Ostia, en las afueras de Roma -donde realiza un trabajo pastoral con personas necesitadas de esa comunidad, mujeres trans y demás-, se había hecho muy amiga del papa Francisco. Aunque al principio algunos diáconos intentaron alejarla diciéndole que no podía estar ahí, que no era su turno, que debía esperar y pasar en otro momento, algunos gendarmes la reconocieron. Y la llevaron hasta el féretro y le permitieron quedarse ahí.
Entre quienes también pasaron a despedirse estaba Luis Liberman, uno de los tantos amigos judíos argentinos de Jorge Bergoglio, rector del Instituto universitario del agua y el Saneamiento y fundador del Instituto del diálogo global y la cultura del encuentro. “Es muy raro, no es él, no es Jorge”, dijo Liberman, conmocionado. “Hoy me duele el alma, pero aquí estamos los que amamos al Papa del fin del mundo. Vine a despedir a un líder esperanzador que hasta el último hálito sembró bondad, belleza y esperanza, que no se calló ante las injusticias, las guerras, las inequidades. Un luchador de la causa humana del futuro: la casa común”, comentó, recién aterrizado desde Buenos Aires.
Liberman era de los amigos que en silencio solían venir cada tanto a Roma para charlar en porteño con Bergoglio, que respaldaba sus iniciativas en favor del acceso al agua potable para todos. “Vengo con las voces de compañeros y compañeras que pidieron que acerque su oración. Vengo porque creo que después de tantos años en alegría y comunión fraterna no renuncio ni renunciamos a la historia compartida”, concluyó.

